
La “chispa” de los deportes de riesgo, como el ciclismo de altura o de montaña, suele estar en la sensación de peligro personal que conlleva. Es decir, cuantas más probabilidades tengas de quedar como un cromo, mejor. Tirarse en caída libre o dejarse llevar por unos rápidos hasta la catarata más cercana, es una experiencia realmente extrema. Se busca, no sólo, la adrenalina que produce el vértigo de un deporte acongojante, sino también el contacto con el aire puro y la naturaleza plena.
Si sois de esos que les pierde la boquita, y ahora mismo estáis retando a vuestro mejor amigo, decir que esto lleva tiempo y dinero. Tiempo, que necesitas de preparación, pues cuanto más subas, tu nivel de oxígeno será bastante escaso. Y dinero, en estos temas no se escatima, buenas bicicletas, llantas preparadas para la ocasión de un aluminio especialmente resistente, para la bajada, y material para reparaciones, protección y primeros auxilios, más la parte de entrenamiento urbano por ciudades con altos desniveles.
Sinceramente, si fuese capaz de subir 3.000 metros de altura, y bordear montañas sobre dos ruedas sin más ayuda que mi equilibrio, os aseguro que practicaría ciclismo de altura sin dudarlo. Pero después de todo esto, si tienes ganas de bordear montañas y descender más tarde, los que saben de la materia, recomiendan los paseos que van desde las alturas de los Andes hacia la planicie Amazónica. Y si tienes hijos, un seguro de vida a tiempo nunca está de mas.
